lavidanobasta

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sábado 17 de septiembre de 2011

Creaciones Bautismales

Lo vi en una callejuela muy menor de algún pueblo por el que pasábamos con el coche –un rótulo vertical sobre la entrada de un hostal más bien cutre— y nada más verlo supe que había dado con él: Washington. Hotel Washington. Así se llamaría el hotelazo al que yo buscaba un nombre, por el mero placer de ponerle nombre a un hotelazo. Cosas del aburrimiento, y de viajar durante horas y horas encajada entre mis hermanos y la abuelita en las estrechuras de un Gordini.
Hotel Washington sonaba a importante, a hotel de gran empaque, de mucha altura. Habría podido zanjar ya el asunto y pasar a encargarme de los demás pormenores del hotel imaginario de no haber sido porque en alguna parte apareció otro posible candidato a nombre que me causó la misma grandiosa impresión: California. No tenía pomposas uves dobles entre sus sílabas, ni tan siquiera una simple y exótica hache intercalada, pero a cambio la música de su pronunciación, ca-li-for-nia, era sublime.
No era fácil elegir entre la magnificencia de uno y otro nombre, pero hay ocasiones en las que no queda más remedio que encarar una decisión espinosa. Tras algunos titubeos iniciales, fruto de mi eterna inseguridad, al final la decisión quedó definitivamente asentada en este asunto peludo: el hotelazo se llamaría (¿Por qué conformarse con menos, qué caramba?) Hotel Washington-California: un nombre exótico, musical, grandioso. Perfecto.
De eso precisamente me acordé el otro día cuando una amiga, profesora de un instituto de barrio, me comentaba los nombres que tienen (de verdad) algunos de sus alumnos. Además de la típica mezcla anglohispana ante la que ya no parpadeamos, con un Jefferson José en su representación, anoté con gran rigor científico en la libretilla que llevaba en el bolso otras dos creaciones bautismales tremendas: Una de ellas es “Daiana Mileidi”. No Diana Milady, no, que ya habría tenido suficiente delito en sí mismo, sino tal como suena, Daiana Mileidi, encabezando formalmente y para siempre sus dos apellidos posteriores.
El otro patronímico es “Iloveny”. Preguntada la alumna sobre la procedencia de su filiación –tal como diría un guardia civil— la criatura responde que fue un nombre que sus padres vieron en una camiseta (I love NY) y les gustó.
Solo espero que a esos padres tan creativos no se les muestre nunca la verdad –de golpe y desnuda, como acostumbra a presentarse— y descubran un día, como me pasó a mí con el hotelazo, que su hallazgo bautismal era la horterada del siglo.







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