Cuando ando por la casa hago ruidos, doy palmas, canto en voz alta, aviso de mi paso para que tengan al menos la gentileza de no dejarse ver. Al salir de la ducha tomo las ropas con la punta de los dedos y las sacudo con aprensión, por si encontrara una de ellas refugiada entre los pliegues. Temo sobre todo la llegada de la noche: tal vez al acostarme haya alguna serpiente agazapada bajo las sábanas, como si fueran las de Cleopatra.
En casa nunca cocemos langostas. Supongo que ha querido darme una sorpresa. Un cacharro con agua hervía en un fogón de la cocina, borboteando de forma escandalosa, y uno de los bichos se había salido de la cazuela: trataba de trepar, con las pinzas delanteras golpeando las baldosas llenas de vaho; una percusión plastificada y monótona. Sus movimientos eran lentos y su cabeza desproporcionadamente grande se movía a una lado y a otro sobre su cuello. Daba escalofríos. Le he pedido por favor que devolviera esa langosta al agua hirviendo. Ahora la cojo, ha dicho, y me ha confesado sin mirarme que eso no era una langosta.
No he dicho nada. Nunca me quejo. Pero ha sido él, y no yo, quien ha llenado esta casa de alimañas.

Joder. Qué mal cuerpo se me ha quedado con tanto bicho.
ResponderSuprimirMuy bueno, Marian.
Cielos, es terrorífico! Me recuerdan a la serpiente que vi este verano en mi casa de Javea: estaba comiéndose un ratón y no conseguía tragarlo. Era un asco. Después me entró el canguelo de que podría entrar a casa...Lo de dar palmadas no creas que no es mala idea...Lo hago por las cucarachas, que les tengo un asco espantoso.
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