Un tipo escuchimizado, con barbas, llega al contenedor al mismo tiempo que yo, que pretendo aparcar mi bicicleta y atarla en una de las grapas de hierro que lo flanquean, agarradas al asfalto. Me cierra el paso con un carrito de bebé que en el lugar de la cuna lleva atado un cajón de plástico, de los que se ven apilados en las verdulerías.
- Me permites—le digo.
- Pasa, pasa—otorga, y aparta el carrito.
Mientras le pongo el candado a la bici el tipo echa un vistazo dentro del contenedor y empieza a maldecir.
- ¿No encuentras nada?— Allí no hay nadie más que pueda escuchar la cháchara y le pregunto lo obvio, por decir algo.
- Ya no dejan ná—me informa—. Está la cosa muy mal.
Pone en marcha el carrito con el cajón de verduras vacío y se va rezongando por la acera.
- Me permites—le digo.
- Pasa, pasa—otorga, y aparta el carrito.
Mientras le pongo el candado a la bici el tipo echa un vistazo dentro del contenedor y empieza a maldecir.
- ¿No encuentras nada?— Allí no hay nadie más que pueda escuchar la cháchara y le pregunto lo obvio, por decir algo.
- Ya no dejan ná—me informa—. Está la cosa muy mal.
Pone en marcha el carrito con el cajón de verduras vacío y se va rezongando por la acera.
Foto: Marian Torrejón 2009
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