miércoles 16 de septiembre de 2009

AÚN QUEDA VIDA




Esta inscripción está en lo alto de la verja que cierra un pequeño cementerio, junto a una iglesia. Pasamos por delante caminando despacio, de visita por el pueblo. Tras la verja, un pequeño panteón levantado en piedra y unas pocas tumbas. Saltó a mis ojos de pronto este epitafio sobre el enrejado. Los demás siguieron avanzando, y yo detrás, con la cabeza vuelta hacia el rótulo que legislaba el reducido camposanto “quienquiera que seas, yo ya fui como tú fuiste, tú serás como yo soy”. Qué jodido, el muerto. Me paré en seco, volví sobre mis pasos, desenfundé la cámara y saqué este par de fotos. Luego me quedé mirando la tumba central durante unos instantes y, antes de apretar el paso para alcanzar al grupo, pensé: pero soy yo la que está aquí ahora, amigo, y el que está ahí eres tú.

viernes 11 de septiembre de 2009

LA DOMINATRIX CHECA



La imagen más potente que me traigo de Praga no es ni el Puente de Carlos ni el célebre reloj de la plaza del Ayuntamiento, sino la mala leche de las checas. Sí, sobre todo de ellas, por mucho que lamente reconocerlo. Sin tener noticia previa alguna –después he sabido que lo de la hosquedad viene incluso referido en alguna guía turística— yo me desayuné mientras tomaba precisamente otro desayuno: el del hotel. Ingenua de mí, pretendía tomar una leche con Cola-Cao y osé preguntar a la señorita que nos atendía –una “dueña” en toda regla— si era posible que me trajeran el chocolate en polvo para mezclarlo yo misma con leche fría, para no someterme al bebedizo aguachirriado al que llamaban, con gran optimismo, “hot chocolate”. A punto estuve de salir de allí con el bebedizo derramado sobre la cabeza, después de que la checa me estampara la tetera sobre el cráneo. Y es que para hacerme entender tuve que formular más de dos preguntas, cosa que –aprovecho para informar al viajero inadvertido— estas féminas avinagradas consideran absolutamente imperdonable.

La criatura camarera o expendedora de entradas checa acostumbra a acercarse a tu mesa, o a esperarte dentro de su cuchitril expendedor, templando el látigo: es más fácil tropezarse con una tribu masai en Groenlandia que encontrar en ella un remedo de sonrisa. Quizás al extranjero, despistado como anda, se le ocurra desafiar al ama lanzándose, como si nada, a preguntar algo. Ella cortará entonces el espacio en dos, haciendo sonar su fusta, y señalará con el dedo un cartel escrito en lengua incomprensible, para indicar que no ha debido ser molestada. Tal vez el turista ensaye entonces su más dulce sonrisa, por aquello de no comprar un ticket sin enterarse antes de para qué sirve, y se atreva a insistir en su demanda con una segunda pregunta, que resultará fatídica, pues Satanás entrará de inmediato a poseer a la dominatrix, que soltará férreos exabruptos en checo. En una de esas segundas preguntas un ama expendedora de tickets me apartó de la ventanilla con un gesto brusco de la mano, e hizo pasar al siguiente. Cuando hubo atendido a los demás y la cola se extinguió, puesto que no tenía más narices, me atendió de nuevo. A aquellas alturas, como es muy natural, yo tenía unas ganas enormes de hacer rodar mi cabeza como un aspersor y empezar a vomitar papilla verde, pero me contuve y compré los tickets, de lo que fuera, para ir adonde me llevaran, y me dieran con ellos lo que tuvieran a bien darme.

Otro día presencié dentro de un autobús un episodio que bien podría haber formado parte de la propia excursión, a modo de reclamo turístico, puesto que estábamos a punto de partir hacia un antiguo campo de concentración nazi. Al principio todo parecía normal, salvo por algunos nimios, pero evidentes detalles: la multitud de pequeños muñecos de peluche que colgaban por doquier sobre nuestras cabezas, y que la conductora (a la que reconocí por el uniforme a través de la ventanilla) fumaba sin parar sobre la acera, empalmando cigarrillos con sus uñas pintadas de negro. Supe al instante que nos encontrábamos ante un ejemplar genuino. Mi olfato no me engañó. Poco después, a punto de arrancar el autobús, a un excursionista español se le ocurrió apretar una tecla que había en el techo por ver si así accionaba el aire acondicionado. Nuestra ama-conductora se levantó de su asiento, se acercó por el pasillo como un gigante con botas de siete leguas y cuando hubo arribado hasta el incauto le soltó unos gritos tremendos, ¡NO!, le repetía señalando el botón, con una furia inconcebible incluso de haberse tratado del botón nuclear. Tal era la saña de sus gestos que hasta nos pareció que iba a agredirle físicamente, lo que provocó un pequeño motín a bordo, al que nos sumamos por solidaridad y justicia. El desafío a la dominatrix nos costó un viajecito de aquí te espero, lleno de frenazos y acelerones de os vais a enterar. Aquél mismo trayecto lo habían realizado años atrás otros desdichados, conducidos por otros dementes, para correr la peor de las suertes: tal vez la misma que nos esperaba a nosotros, a juzgar por el vaivén desaforado de los peluches colgantes.

Pero no quiero aburriros con más anécdotas, que las hay, quizás otro día, sino advertiros, por si teníais pensado visitar a la que llaman “la madre de todas las ciudades” (y a ver quien es el guapo que se atreve a discutirlo), con lo que os vais a encontrar. Lamento si os he disuadido de ir.
(...)

Me lo temía. ¡Viciosos!

lunes 16 de marzo de 2009

VALENCIA, ME FALLAS

Huyo de las fallas, es una necesidad, y para ilustrarla aquí os dejo como despedida lo que me pasó ayer, sin ir más lejos:
Bajé del tren, cargada con la maleta, el portátil y el bolso, cansada y deseando llegar a casa. Me encontré con la Valencia fallera, ante la que hay que armarse de mucho valor (sería conveniente además ir a caballo, lanza en ristre, con escudo y celada), antes de zambullirse entre las riadas de gente que caminan en todas direcciones. Para los que no lo sepan, junto a la estación de trenes está la plaza de toros, que se encontraba abarrotada (como habría querido el dúo sacapuntas), con gente asomada a los balcones, mirando hacia la calle. Caminé unos cuantos pasos y quedé atrapada sin querer entre la muchedumbre, que no me dejaba avanzar ni adelante ni atrás: un agobio. Terminé encasquetada en un mar de gente recién congelado. Las caras eran de contento, estiraban el cuello como para ver algo. La mía daría miedo de verla, allí inmovilizada, bufando. Pero ¿qué pasa?: Que sale a hombros José Tomás. Ay, la leche. Y allí me tuve que estar, encallada entre la multitud y soltando improperios con la maleta, el portátil, y el bolso (bien agarrado delante, como doña Croqueta, por si los carteristas). Vine a caer casi en la primera fila de un corredor que habían despejado de gente, con origen en la puerta grande del coso y final en el coche del torero. La visión que siguió a aquellos momentos aún la conservo colgada de mis pestañas. La gente con los brazos levantados como en los conciertos, pero en lugar de llevar mecheros llevaban móviles con las pantallas encendidas para disparar la foto. Aparece el torero en volandas, allá arriba, como una bombilla encendida (unos focos muy potentes iluminaban su traje de luces). Pasa rápido, zarandeado por los saltitos de sus porteadores, y al saludar con la mano parece que vaya a perder el equilibrio y mueve también las piernas: un torero panza arriba moviendo piernas y brazos como si fuera un escarabajo iluminado. Un espejismo difícil de olvidar. La gente le gritó torero y yo seguí con cara de bulldog, hasta que pude abrirme paso. Media hora me costó el trayecto hasta mi casa, que dura, cronometrado, siete minutos. Y eso sorteando minas anti-persona que estallan bajo las piernas inocentes (las mías), y cohetes borrachos que silban junto a cabezas también inocentes (la mía, vaya).
Hasta aquí todo es verídico. Lo que sigue, también.
Para aquel que crea que de una cosa así se sale incólume he de decirle que se equivoca. Todo tiene su precio. Hoy he dormido envuelta en pesadillas, entre petardos y pasacalles. Era de noche, en la plaza de toros un escarabajo iluminado hacía el paseíllo con la capa enrollada al hombro. Se ha plantado ante mí, ha soltado la montera y ha dicho: va por ustedes. Yo he mirado a derecha e izquierda y no he visto a nadie más en toda la plaza. Cuando me he despertado esta mañana, después de un sueño intranquilo, me he encontrado sobre mi cama convertida en un monstruoso torero. Estaba tumbada sobre una espalda dura, en forma de traje de luces, y al levantar un poco la cabeza he visto unas manoletinas negras en mis pies, sobre los calcetines color de rosa que enfundaban mis pantorrillas.
No, de un lance así ya no se sale siendo la misma.

lunes 2 de marzo de 2009

ESE OJO ME MIRA MAL


Dicen que el ojo del avestruz es más grande que su cerebro. No lo pongo en duda. Ahora mismo tengo un avestruz polifemo que vigila el movimiento de mis dedos sobre el teclado y desconfío del microprocesador que encierra su cráneo. A veces me mira con tales chispas de charol en la pupila que temo que de un momento a otro le de por hacerme un cruce de teclas a lo Sharon Stone. Tiento las letras con brío, con los brazos estirados y la vista torcida, para mantenerlo a raya. Pero otras veces se le queda el ojo en blanco, como si le hubiera dado un ay, y entonces mis dedos se agarrotan, encerrados en un glacial, y me brotan instintos asesinos. Dicen que la carne de avestruz es muy sabrosa.

sábado 28 de febrero de 2009

ESCAPAR


Subo despacio y a medida que avanzo se hace más clara su respiración. Arriba está oscuro, se siente el soplido fuerte, cercano, agazapado. He de irme. Me precipito escaleras abajo, sin tocar apenas los peldaños con los pies; por la puerta a medio abrir entra la luz de la calle. Hay hombres mal afeitados, con ropas sucias, que me tapan la salida. Intento ser amable, ganarme su confianza, pero es inútil: ahora respira a mi lado y les ha dado permiso.